miércoles, 16 de septiembre de 2009

Crónica del casi Bicentenario

Ayer, día del tradicional Grito de Independencia, fue un día sin duda especial para los mexicanos... bueno, se supone que para todos. Pero relataré, muy resumidamente, lo que me contó "el primo de un amigo":
Estaba en medio de la celebración del Grito en casa de mis tíos, pero el ambiente era tenso. Parecía que no era una fiesta. Pensé que era natural: martes, todos trabajaron, pero unos tequilas lo arreglarán.

Luego encendieron la televisión. En Televisa y TvAzteca pasaban el mismo programa oficial. Los conductores se emocionaron al relatar lo que acababan de presenciar, un evento de luz sobre Palacio Nacional. E insistían más o menos en lo mismo: "tenemos un gran país", "hemos lucha contra todas las adversidades", "la gente de este país es valiente y aguantadora". Seguimos viviendo con la misma ilusión.

Llegó el momento esperado, casi las 11 de la noche y subieron el volumen de la televisión. Y apareció Calderón entre los aplausos de sus amigos.

-Mira que bonito el vestido de su esposa- dijo una de mis tías.

Yo estaba hasta atrás (hasta atrás del grupo de invitados, nada que ver con el tequila), y miraba que, salvo pocos, la mayoría tenía caras largas, como esperando a que se acabara aquél evento para comenzar a cenar. Yo seguía esperanzado en que las cosas mejorarían.

Calderón gritó lo tradicional y luego se sintió tan cerca del Bicentenario que también le echó vivas. El ambiente en la fiesta no cambió. Varios gritaron, la mayoría niños, yo no pude. Y es que para mí, después de muchos años, no era un día especial. Me sentía como cuando voy de gorrón a una fiesta, en la que ni conozco al invitado. Que cuando llega el momento de los abrazos, lo haces como si el festejado quemara. Y en las mañanitas, cantas con tal desánimo que te da tiempo de analizar cada una de las incoherentes estrofas. Sentía que no era la fiesta de un país que no era el mío, o al menos el que yo quisiera.

Vivimos una semana muy peculiar. El Secretario de Hacienda y los impuestos ocuparon las planas de los diarios y las platicas de los ilustrados y de los no tan ilustrados. Luego un payaso tomó un avión y se hizo famoso por su horribles cantos. Y tristemente miré como ambos eventos causaban furor en los medios. Los políticos se enfrentaron en declaraciones a favor y en contra de los nuevos impuestos. Pero ahora no sé si creerle o no a mi estilista, que como muchos mexicanos, cree que todo es una cortina de humo.

Ahora sí estamos oficialmente en el año del Bicentenario y la fiesta no parece ser acorde con el festejado. Un país que no crece, un país que ve a su gente empobrecida pero que aún así le grita vivas. Un país que no cree en sus gobernantes, que su gente siente que le mienten pero que aún así atiborra los zócalos de ciudades y pequeños pueblos. Y es que por más que Calderón pone enjundia en el "Viva México" y en la televisión aparecen las estrellas de la selección nacional diciendo lo orgullosos que se sienten de ser mexicanos, no sé si creerles, o creerle a mi estilista, y al papá de mi amigo que no ve futuro para su empresa, al tío desempleado.

Por fin terminó la ceremonia y canté el himno con respeto y añoranza, deseando que sea cierto que la historia de este país esté escrita "con el dedo de Dios". Tome dos tequilas y a las 2 de la mañana me fui a dormir.
A un año del esperado Bicentenario, el panorama es incierto para el país en cuestión económica y social, aunque el festejo del año que viene sin duda será monumental. Al parecer, será un triste Bicentenario... espero que el Bicentenario de la Revolución sea mejor. Pero más espero estar equivocado.

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