sábado, 20 de noviembre de 2010

El desencanto y la agenda revlucionaria

En un comentario anterior, relativo a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de México me refería a la poca importancia que los mexicanos el dábamos a la conmemoración del Centenario del inicio de la Revolución de 1910, todos, desde el Gobierno Federal hasta el mexicano de a pie. ¿Será que nuestros gobernantes no conocen la historia? Dudo que esa sea la razón. Si bien es cierto que de el ciudadano promedio sí podemos decir que a veces pasaron de noche por las clases de historia, yo creo que es más bien un desencanto con lo que se nos dice que la Revolución representó y la realidad que se vive hoy en México. Lo cual no encaja con la trascendencia histórica, social y económica que este acontecimiento tuvo para México y el mundo, más allá de los héroes, los traidores, los corridos y los bigotes.


Es decir, el paso del tiempo y un largo periodo de pasividad post revolucionaria nos hizo creer como país que lo habíamos logrado todo, al menos hasta 1968. Pero no, hoy la promesa de democracia, tierra e igualdad tiene un significado distinto para nuestro país, cien años después de la lucha armada que tiró al dictador Díaz, marcó el fin del modo de producción cuasi feudal de las haciendas y sentó las bases para la formalización de los derechos iguales para todos plasmados en la Constitución.

Puede que haya desencanto por la democracia. Porque hoy la democracia es cara y se percibe como poco efectiva. Porque los actores políticos de hoy han traicionado los principios de representatividad más esenciales. El partido que se dice "hijo de la Revolución" traiciona los ideales revolucionarios al operar con las mismas prácticas durante 7o años. Otro partido traicionó, con gobiernos sin cambios sustanciales, la oportunidad que se le dio en 2000 de acceder a la Presidencia luego de un proceso de apertura democrática que databa al menos desde 1988. Y otro más traiciona los principios al poner los intereses personales y de grupo a los bienes superiores de los ciudadanos. El acceso de los ciudadanos con ideas y compromisos a las esferas donde se hace la política pública es el paso que sigue para cumplir la promesa revolucionaria de un gobierno del pueblo para el pueblo.

Desencanto con la tierra. Porque si bien ya no hay mucha más tierra por repartir (el lado extensivo), el tema agrario es hoy un tema intensivo. La producción agropecuaria vive una crisis determinada desde su origen mismo. Si bien un amplio sector de la agricultura y ganadería mexicanas está a la altura y compite en los mercados internacionales con costos de producción competitivos y bienes de calidad, un sector está sumido en un círculo de baja productividad, producción en escalas ineficientes, restricciones de crédito y prácticas no sustentables en el largo plazo. Esto problemas repercuten en altos niveles de pobreza y acceso a derechos en las comunidades que dependen de la actividad para su sustento económico. En algún momento el Estado deberá corregir y asumir una política altamente intervencionista, en principio, para insertar a este sector en un mercado cada vez más global cuando sea competitivo, salvo dejar a su suerte a millones que dependen de la actividad primaria, que viven de la producción de subsistencia o que optan por abandonarla y emigrar.

Desencanto con la igualdad. Igualdad que está escrita en las leyes pero cuya imagen se destroza al salir a la calle. Tres principios básicos de igualdad se han violado sistemáticamente contra un sector de la población durante generaciones: empleo, educación y alimentación. La crisis reciente puse en relieve la fragilidad del tejido social mexicano, de jóvenes que no tienen oportunidades para el futuro, niños que viven desnutridos y hombres y mujeres que están excluidos de la oportunidad de vender lo único que tienen, su fuerza de trabajo. De nuevo, un esfuerzo político, social y económico es urgente. Medidas redistributivas, impopulares y dolorosas, para algunos, deben ponerse en marcha por parte del estado. Yo estaría en pro de medidas drásticas, sacrificar incluso crecimiento, por el momento, para favorecer la igualdad. Tarea que no será fácil sin una verdadera representatividad ciudadana.

Si bien nuestro país aún no disfruta plenamente de las promesas revolucionarias, su importancia para la historia radica en haber puesto en las mentes de los mexicanos esos principios como guías para el desarrollo de una sociedad justa, y en que ahora delinean la agenda para transitar hacia un México moderno, poniendo énfasis en lo costoso que ha sido el perder las oportunidades del pasado y lo doloroso que será el ajuste en los años que vienen.

¡Viva la Revolución Mexicana!

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